Viajo solo, en el tren de las dudas,
en el vagón de mi suerte y me muevo sin remedio,
postrado en el borde de mi asiento,
mientras mi aliento me dice que ya no hay donde ir,
y solo por existir, a mi mismo me miento.
Miro hacia el otro lado del vagón,
donde siempre viaja cualquier ilusión
que nunca toqué, que nunca amé.
Hoy está vacío.
Solo alguien percibo,
que en otro lugar alejado se afana
por mirar a su ventana.
Una mujer, hermosa, parece que es, y me mira.
Raudo aparto la mirada,
no vaya a pensar nada,
que soy un mirón quizá, o cualquier canalla.
Pero mis ojos vuelven a posarse sobre su cara,
para ver que tiene perdida la mirada,
en un punto lejano, fuera del vagón, del tren,
del escalón del vaivén
que nos remueve y nos atonta,
nos adormece para hacernos más fieles,
más rebaño, más domésticos y más huraños.
Al mirarla lo veo, la conozco, o eso creo.
¡Imposible!. ¡Es ella!.
Está más entrada en años, pero, ¡es ella!,
y aún más hermosa que antaño.
Cuanto ha pasado, ¿mil años?.
Cuando paseábamos por las aceras mojadas,
con nuestras manos atadas,
de amor y pasión.
Cuando nos amábamos a cielo abierto,
sin vergüenza y sin complejos.
¡Es ella, tiene que serlo!,
que aunque sus rasgos han cambiado,
sus ojos son los mismos.
Me han atravesado, mil veces los míos,
mi alma, los cantos de mi calma.
Esas noches alargadas de amor y de pasión,
donde sus besos sordos,
tronaban sin compasión por todo mi cuerpo.
Sus manos de seda, mis dedos.
Ella, me mira y aparta su mirada,
me ha visto y nada.
¡Ha disimulado!, no sabe que soy yo
o ¡sí!, lo ha pensado.
Por qué lo dejamos, un mal recuerdo ,
un mal comentario, la fatiga de un corazón amargo.
No se por qué.
Nos fuimos distanciando rompiendo lazos,
para marchar cada uno por su lado.
Cuantas veces he pensado en ella,
cuantas veces me he arrepentido
de no haber luchado por tenerla,
y ahora, ¡está aquí!.
Delante de mi.
Haciendo crujir mi viejos huesos.
Me levanto sin remedio, aunque caiga aquí muerto.
Necesito otra oportunidad, otra vida,
otro intento de ser feliz con ella, con mi tiempo.
Camino por el pasillo del destino, del viejo vagón,
asiendo mis manos a cada barrote,
a cada esquina para no caer y parecer
que mi cuerpo derrote en mi vejez.
Tres pasos me quedan para mirarte a los ojos de nuevo.
Tu me has visto pero, tu mirada está en otra parte,
en otro sitio.
Quizá en otros ojos, en otro cuerpo,
o en otra vida que no he vivido.
Paso a tu lado y me paro.
Te miro a los ojos y reparo
en tus labios, en tus pómulos,
en esa pequeña cicatriz en tu frente,
y sin ser indiferente, ya se que eres tu.
¡Lo se!.
Cuantas veces he besado esa herida,
cuantas lunas probó mi saliva, mis labios.
Te hablo, y te digo, - Hola, soy yo, ¿me recuerdas?.
Me miras a los ojos, y me estremezco.
Te vuelvo a sentir, y por Dios que no me merezco estar así.
- Perdone, no se quien es usted, - me dices con asombro.
Le repito con una sonrisa - Soy yo, Fernando, ¿recuerdas?
- Perdone, perdón no lo conozco, ni conocí a ningún Fernando, lo siento.- Me dice apartando su mirada, derrumbando mi muralla.
Y vuelvo a mi lugar, a mi asiento,
cuanto lo siento,
sabiendo que eras tu, o que yo soy más viejo.
Siguiendo mi viaje al desconsuelo,
miro por la ventana de mi vagón, de mis recuerdos.
Voy postrado en el filo de mi banco,
sabiendo que mi amor se fue muy lejos.
Javi lobo. (Con admiración a Ismael Serrano)

No hay comentarios:
Publicar un comentario