Erase una vez un chico que solo quería ser sincero. Cuando escuchaba a los demás, de las palabras que pronunciaban sus labios contando sus historias y sus deseos, era capaz de reconocer cuando le mentían y cuando no decían exactamente lo que estaban pensando. Esto le frustraba mucho, porque, aunque tenía esa capacidad, realmente no detectaba la verdadera historia y la razón de aquellas pequeñas falsedades. El mismo se sentía mal cuando hablaba, creyendo que, al igual que el resto de la gente, también se le escaparía alguna idea diferente a lo que pensaba. Por esa razón, según se hacia mayor, dejó de comunicar a los demás sus pensamientos y sólo los escribía. Los relataba sobre papel según iban fluyendo como una cascada y sin tregua, contaba y contaba sus historias, sus sentimientos. Cuando terminaba, los guardaba entre las páginas de un viejo libro que nunca había leído. Esto le hacía sentir mas seguro, pero cada vez más melancólico, más triste. Esa tristeza se tradujo en cientos y cientos de páginas.
Un buen día, mientras paseaba, vio a una preciosa mujer que llamó su atención. Algo hizo que mirase más de dos veces a la joven, cosa que no había hecho nunca desde que él recordaba. Ese hecho, le hizo escribir más páginas que nunca, ya que su mente no dejaba de fabricar palabras y sentimientos que expresar. Pero.... se percató que su necesidad de impregnar un papel con sus pensamientos no hacía desaparecer la ansiedad que le producía que otra persona las leyera y las entendiese. Era tal la angustia que volvió a pasear por el mismo lugar donde había visto a aquella muchacha. Tras repetir sus casi desesperadas visitas al lugar en varias ocasiones, un buen día volvió a verla, pero esta vez no pudo o no supo dejar de mirarla. La muchacha,sintiendo una fuerza extraña, sintió que unos ojos la asediaban y, volviendo la cabeza con un gesto repentino, cruzó su dulce mirada con la del chico, formando un hilo conductor, que sin saber como, no podían romper.
No se sabe si fueron diez, cuarenta minutos o una hora, pero esas pupilas se impregnaron unas de otras dejando extasiados a ambos.
Esa noche, el muchacho no pudo escribir nada. No se trataba de ausencia de emociones ni pensamientos, no, simplemente no le apetecía. Cosa extraña en él ya que ningún día en su vida había dejado de expresar sus emociones en sus lienzos escritos. Pero esta vez era como si sólo tuviese en su mente el color de los ojos de un ángel, que con una mirada, le expresó más sentimientos sinceros de los que hubiera podido escuchar o escribir en toda su vida. Se trataba de otro lenguaje, otra forma de comunicación, o quizás..... , un ser diferente al resto. Ninguno conocido hasta entonces producía este efecto. "Si sólo con mirar me ha contado todo esto, si escuchara su voz, estaría en el cielo", pensó.
No puedo dormir, sabiendo que cada vez que cerraba los ojos tendría la imagen de esos ojos lanceros y chispeantes clavados en su mente, y algún lugar recóndito más de sus anatomía, de su interior. No entendía por qué, no comprendía cual era el órgano interno que le hacía tener esa sensación de vacío y de mareo que sentía. No podía cerrar los ojos. Era inhumano para el.
Al día siguiente y sin poder soportar la necesidad de mirar a los ojos a aquel ser que le había dejado tal huella, se abandono a la carrera de sus pies, que le llevaban al lugar de sus encuentros y, con desesperación casi irracional la buscó con todo su cuerpo, con espasmos casi violentos y rápidos, que le hacían divisar cualquier ángulo posible del lugar. Detrás de unas telas blancas colgadas a modo de cortinas que se ondulaban con el paso de la brisa fresca de la mañana, bajo una arca de piedra milenaria, apareció su rostro y luego su cuerpo. Apareció su andar gracioso y elegante, entre lo natural y lo erótico. Sus ropas sueltas y de un color blanco perfecto, se abrazaba a ella como quien sabe que no sería otra cosa que simple tela si no cubriera tal cuerpo, tal figura. El aire le movía los cabellos haciendo aún más insolente su belleza para sus ojos.
¿Que estaba pasando?, se preguntaba, cuando, sintió el poder de los ojos de la muchacha como un dardo certero que, sin saber como le decían que la mirase, que la hablase, que le mencionase cualquier palabra, cualquier sonrisa. El se acercó con decisión sin dejar de mirarla y, quedándose como una estatua delante de ella le dijo, -"Dime quien eres y háblame de ti". La muchacha, un poco aturdida por el ímpetu del muchacho, mostró en sus mejillas el calor y el color que le surgió del alma, del corazón cuando escucho la voz del chico que hacia meses veía escribir sentado en la escalinata de la plaza que rodeaba la fuente. En un extraño y súbito arranque de fuerza y valor le habló, "Soy Estela, la que te ve escribir, cada día. La que te miraba mientras tu parecías ocupado con tus pensamientos. Esa soy". El muchacho, que mientras Estela le hablaba, había mirado directamente a sus labios, quedo sin palabras al descubrir que, la muchacha le hablo exactamente tal y como estaba pensando, no le cambió ni una coma, no le mentía, como el resto de lo humanos. Quedó maravillado y tardó en reaccionar, pero al hacerlo, soltó - "Soy El que te mira a los ojos y por las noches escucho como me hablas, sin ti, sin voz. Soy Rael , al que no mientes ni mentirás" ............ Sigue ......
Javi Lobo.

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