El
La noche a mi alrededor me dice, que hoy no te tendré, mi amor. Las calles mojadas, reflejan a cien estrellas, iluminadas en el húmedo suelo que pisan mis pies, sin obtener consuelo, ni razón para no perder el desvelo de tu querer. Levanto mi brazo, sin fuerzas, sin convicción, si fe, de marcharme de allí. Pero debo desaparecer de ti y de la ridícula fiesta donde te vi. Reclamo un taxi para que me aleje, junto con mi pena, con mis llantos. Que clase de amor vivimos que cuando nadie nos ve, es el más apasionado, rozando lo divino, nos besamos, nos reímos sin dar cuentas a nada, a nadie, solo a nuestro destino, y que cuando en público estamos, no podemos amor, ni rozarnos la mano. ¿Qué nos impide que lo mostremos sin reparo?, por las equinas, por los mercados, a las muchachas y muchachos, a los ancianos, a mi madre, a tu hermano, a los perros, a los gusanos, al universo que hemos creado. Amor, ¿qué nos impide decir te amo?, en una calle, en una fiesta o bajo el cielo estrellado.
El taxista me mira, callado y detiene su auto frente a mi, y yo, abandonado a huir, miro hacia atrás, sí, miro.
Ella
Se marcha, me deja en la fiesta y, Dios, se marcha. No resisto mi desgracia. ¿Que hacemos aquí?, cuando mi cuerpo quiere estar al de él, unido, cuando al roce de su mano, resistirme no he podido. Necesito tenerle cerca, hacerlo mío, buscar la manera de expulsar este frío, que me quema el alma. Mi vida, ten calma. Voy a por ti.
Salgo endiablada de allí en mi huida y te busco en la puerta, en la escalera, en la salida. Te busco arriba y abajo, en la avenida y te veo, justo para, en un taxi huir lejos. Huir de mi, y te grito.... te grito amor, y mi brazo agito con el temor que no me oigas, que no atiendas a mi rebato, que no sea suficiente, que tu seas con tu pena sensato y el en vehículo entres, sin darme la oportunidad de tenerte.
Giras la cabeza, si, la giras para verme. Tus ojos me hieren, me perforan el alma, y me quieren.
Los dos
En una carrera sin fin, nos abrazamos, haciéndonos crujir nuestros cuerpos, nuestros brazos. Un beso sin fin se ha formado, al coincidir en el espacio nuestros labios, acribillados por las ansias, por los lazos, por las ganas de tenernos y de amarnos. Subimos al taxi, sin tocar el mojado suelo, y al conductor le nombramos el dato certero, el punto mundano del callejero, donde siempre, desde hace tiempo, nos amamos. Mientas las luces del auto reflejan el camino, tu y yo, apasionados, como si yaciéramos en nuestro destino, seguimos rozando el cielo, con caricias y más besos.
Ya en las puertas, nos apeamos y con sonrisas nerviosas, traspasamos el dosel de nuestro cálido refugio, nuestro nido, sin mentiras ni subterfugios, el reposo, el escenario, donde representamos nuestra obra, nuestro alegato, la poesía, sin recato de ocultarnos, solo la locura de tocarnos y tenernos como somos, desnudos, sin adornos.
Desnudarnos el uno al otro para después, pararnos en apreciar, cada centímetro de piel, cada lunar, repasar con nuestros dedos la memoria de cada curva, de cada seno, de las figuras que modelemos. Nos abrazamos para darnos el calor de nuestros cuerpos, el erizar de los bellos, las humedades de nuestros medios.
De pie, a la pared de la estancia, a media luz en la distancia, dos cuerpos se besan, empañando el aire que respiramos de alientos de pasión y deseo. Las lenguas se reencuentran en el calor de unas bocas, y en su danza se entrelazan como locas, mientras, las dos lanzas de unos senos, atraviesan si compasión nuestros cuerpos, en la esperanza de que, en un instante, los pies leviten sin tocar el suelo.
En un espasmo ungido de placer y necesidad, se nos abren las puertas de la verdad para que, una parte de quien sobresale su amor, lo alojemos con pasión y dulzura, en el lar de nuestras fugas, en el hueco tan profundo, donde yacen nuestros mundos para hacernos sentir que, los dos somos uno. Y el baile comienza con el compás y la paciencia de quien quiere que no cese, de quien busca la inconsciencia. El ritmo de ese baile lo marcan nuestro besos, los aires, los alientos y lo dedos, que sin principio ni fin, se deslizan por senderos, por valles y linderos, para que al fin, se arranquen de las gargantas, gemidos y templanzas, suspiros que nos atan, que nos unen al anhelo de amarnos sin remedio, sentirnos sin tapujos, sin recelos, como tu yo queremos, mi cielo.
Javi Lobo.

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